Nunca pensé que uno pudiera llegar a acumular tanta ropa que no usa regularmente en el desván del inmobiliario. Prendas que ya ni nos acordábamos que existían o mejor dicho no recordábamos haberlas comprado en algún momento y mucho menos haberlas usado. Independientemente de la estación en que fueron adquiridas o para las que fueron adquiridas se fueron acumulando hasta tomar ribetes impensados y llegar a ocupar gran espacio en alguna zona de nuestros inmuebles. ¿Y cómo se da cuenta uno de esto? Pues haciendo un inventario de las cosas de la casa, revisando cajas de cartón que se encuentran cerradas hace mucho o en el desván de la casa esperando ser desempolvadas y saludadas por nosotros. Claro uno puede decir que eso lo hace el servicio doméstico o peor aun que uno nunca hace eso y rara vez se baja al desván sino es para acumular más cosas. No estoy zafando cuerpo, yo mismo soy el primero en levantar la mano si se trata de ubicarse dentro del grupo descrito líneas arriba. Es una actitud natural no querer desprenderse del todo botando las prendas que alguna vez vimos en un aparador de la tienda y que decidimos comprar. Cómo deshacernos de esa camisa que antes nos quedó como pintada o de esa casaca con la que conquistamos tantas chicas, bueno algunas. No es fácil. Lo natural es doblarla bonito y embolsarla con igual afecto pasando a “archivarla”, como si de un libro de consulta posterior se tratara, y pensar románticamente en que algún día llegará la oportunidad de ponérsela de nuevo. Totalmente falso, uno cuando revisa se topa con prendas que no se pone en diez años y me quedo corto. Aparecen ante nosotros pantalones en los que difícilmente cabríamos si nos decidiéramos a lavarlos ya ponérnoslo encima, camisas que de seguro reventaríamos en nuestro intento por meternos dentro de ellas, y hasta zapatillas con las que alguna vez ganamos un apretado partido de fútbol y que ahora albergan una grana cantidad de hongos o peor aún arañas que buscan refugio en el interior de las mismas.
Justamente fue a causa de una desgracia que acudí a mi desván en busca de ropas que ya no usaba pero que sabía que seguían allí. Afortunadamente la desgracia no tocó nuestra puerta directamente, lo hizo a través de la televisión. Me estoy refiriendo al terremoto ocurrido en el hermano país de Perú el miércoles pasado. Me dejaron impactado las imágenes que llegaban hasta nuestra televisión desde ese país, la mayoría correspondían a la localidad de Pisco, cerca de donde fue el epicentro del cataclismo. La desolación era terrible, imágenes inhumanas propias de un bombardeo de
la Segunda Guerra Mundial en la que se veía gente tirada en la calle como cualquier cosa. Los cuerpos inertes se seguían encontrando entre los escombros, muchos niños entre ellos. Hubo una escena terrible en la que se veía que un padre encontró a su hijo y trataba de hacerlo revivir inútilmente, el rigor mortis del infante era claro para el resto de los observadores y al no encontrar respuesta lo llevó cargando al interior de su vivienda que a duras penas había quedado en pie. En las siguientes escenas vi que la gente andaba desesperada por las irreconocibles calles buscando familiares desaparecidos, otros simplemente sentados sobre el suelo lloraban desconsoladamente porque lo perdieron todo o casi todo. Otros marchaban fuera de la ciudad alejándose del mar, temiendo que u tsunami llegara en cualquier momento, ya que Pisco es un puerto que pertenece al departamento de Ica. Ahí pernoctaban apilándose como podían e improvisando carpas a partir de troncos o pedazos de madera que quedaron como residuos del terrible terremoto que los golpeó. La gente llevaba dos días sin comer, empezaban a desesperarse y los primeros saqueos se veían en la ciudad, buscaba sobretodo agua en esos momentos, se aglomeraban rabiosos sobre los camiones que recién llegaban llevando las primeras donaciones del líquido elemento.
Conmovido por restas imágenes y ante tanta necesidad me lancé sobre mi desván en busca de ropa que le pudiera servir a esa pobre gente que en el día llegaban a los 27 grados Celsius y en la noche descendían hasta los 9 grados Celsius. No se imaginan la cantidad de ropa que pude recolectar, toda en buen estado por cierto, ni tiempo hubo de recordar las situaciones en las que alguna vez las vestí. Junté todo y tuve que completar tres viajes hasta la embajada peruana para terminar de llevar todo en calidad de donación. Otros habían pensado igual que yo y se dirigieron también con sus respectivos donativos. Ahora veo que el gobierno ha hecho lo propio y toneladas de ayuda en forma de ropa y víveres viajan rumbo a Perú. Quedé satisfecho, con el corazón lleno y el desván vacío.