Cuando visité Marruecos a mediados del año pasado nunca pensé que iba a terminar trasnochando en lo que, supuestamente, es un templo para muchos fanáticos de la literatura norteamericana del siglo XX. Es más, nunca pensé acabar en un hotel tan terrible, aunque debí suponerlo ya que el viaje en general fue peor que atroz.
En realidad no sé cómo me convencieron para tomar tan errada decisión. Yo tan sólo quería visitar un lugar cuyas costas permanecieran húmedas por el agua del Mar Mediterráneo. Una amiga mía sugirió que visitara Marruecos ya que el lugar encajaba, según ella, con lo que yo estaba buscando, además se trataba de un lugar misterioso, diferente y cálido. No le tomó mucho tiempo convencerme, tan solo un par de minutos puesto que mi resistencia a la persuasión es casi nula, y, una semana después, me encontraba cruzando el charco que separa España con la costa norte del continente africano.
Tomó tan solo sesenta minutos cruzar el Mar Mediterráneo en una embarcación mediana y repleta de gente. Nunca pensé que llegar a un país totalmente desconocido tomase tan poco tiempo. Una vez en el puerto me sentí emocionada, sin embargo al adentrarme en la ciudad, la incomodidad se apoderó mi espíritu.
Tánger es la región más septentrional de Marruecos. Sus calles estaban llenas de polvo, el clima era exageradamente cálido en ese entonces y los perros recorrían las veredas alborotados por la rabia. Los pobladores andaban rápido y dando empujones cosa que me atemorizó, ya que la paranoia que se había apoderado de mí ser apenas puse un pie en ese país, me hizo pensar que cualquier persona podía golpearme en cualquier momento.
No pasaron más de dos horas y ya había tomado la decisión de dejar Marruecos al día siguiente. La embarcación salía al amanecer motivo por el cual me vi en la necesidad de encontrar algún lugar donde pasar la noche. Como en un principio pretendía quedarme cuatro días, llevé suficiente dinero para poder hospedarme en algún hotel de 3 estrellas durante todo ese tiempo, pero, como mis planes habían cambiado drásticamente, decidí gastar todo en un hotel de cinco estrellas por tan sólo una noche.
La búsqueda de hospedaje fue un fracaso. Todos los hoteles estaban ocupados y me vi obligada a elegir el menos malo: un hotel de dos estrellas llamado Muniria. El exterior del local era horrible, las habitaciones parecían ratoneras; sin embargo, las camas y el suelo estaban bastante limpios. Una cortina de plástico verde era lo único que separaba al dormitorio del bañó que, en su interior, disponía de una ducha llena de sarro y un espejo roto. En conclusión, un lugar espantoso pero habitable. Traté de pedir algo de comida pero la recepcionista no hablaba ni inglés ni español así que le di un par de mordiscos al bizcocho que guardaba en mi maleta y, acto seguido, cerré los ojos y dormí.
A la mañana siguiente sólo quería escapar de la peor noche de mi vida. Pagué la cuenta y salí apresurada del hotel. Empujé a cuantas personas se cruzaron en mi camino para poder llegar lo antes posible al puerto que me llevaría de regreso a España. Una vez en la embarcación mire hacia el horizonte hasta que no pude ver las costas del África. Un lugar al que no pienso volver sin la guía adecuada.
Cuando le conté a mi amigo Manuel lo mal que la pasé en Marruecos en un principio me compadeció, pero al momento de relatarle mi noche en el Muniria prácticamente me rezondró por haber abandonado ese hotel. Según él, ese fue el lugar donde un escritor heroinómano norteamericano, cuyo nombre no recuerdo pero que mi amigo mencionó mil veces, escribió su más grande obra titulada “El Almuerzo Desnudo”. La verdad es que no me importa quien haya pasado la noche en ese hotel, la próxima vez contactaré con una agencia de viajes antes de hacer un viaje a otra país. Quizás visite
la Costa Blanca, Marbella o algún lugar más seguro.